Primer Peregrinación a Esquipulas del Eminentísimo Cardenal Rodolfo Quezada Toruño 15 de enero 1957.
Agosto 27th, 2006
Tenía apenas tres meses y medio de ordenado sacerdote. Mi Arzobispo me había designado Coadjutor de la parroquia del Sagrario. Conocía ya hermosas catedrales del viejo mundo, pero nunca había visitado Esquipulas. Recibí con gran alegría la invitación que me cursara el señor Arzobispo para ir a Esquipulas con el fin de ayudar un poco con las numerosas confesiones de la víspera y del día 15 de enero.
Había que abordar el tren en la Estación Central. Todavía no existía la nueva carretera hacia el norte., conocida hoy día como Ruta del Atlántico. Recuerdo que llegamos a la estación y nos ubicaron en un “carrito salón” destinado a transportar por cortesía de la IRCA a personajes ilustres. Lo colocaban en la “cola” del tren.
A las seis de la mañana pitó la máquina y el tren del norte empezó su lenta marcha. El conductor, un señor bien vestido con una cachucha de mimbre, pasó a saludarnos. El Gerente de la empresa había dispuesto que un joven nos fuera asistiendo con aguas y gaseosas y “sándwiches”. Daba inicio mi primera peregrinación a Esquipulas y contaba para ello con un insuperable guía. A medida que el tren avanzaba y había pasado el famoso “Puente de las Vacas”, Monseñor relataba anécdotas de sus viajes de ida y vuelta a la capital. El Progreso, el Paso de los Jalapas, Cabañas, Antón Bran, La Reforma, los Llanos de la Fragua… Como no existían todavía los canales de riego que construyera años después el gobierno de Julio César, me impresionó lo desértico del terreno: quizás por ello un huiteco se ingenió para decir que las vacas en Zacapa no dan leche sino lástima. Hacia el medio día, superado el “Puente Negro”, el tren ingresó a Zacapa. Lejos estaba yo de pensar, entonces, que algún día tendría cédula de vecindad R-19. Gran sorpresa. El señor Andrés Varona nos sirvió un delicioso almuerzo en el Hotel Ferrocarril, destruido por el terremoto del 76. Creo que el hotel, de madera y dos niveles, había sido construido a principios de siglo, si no antes. Parecía el comedor un salón propio de las películas del Oeste, de una limpieza extraordinaria y se servían dos especialidades pescado róbalo a la plancha y un delicioso a la plancha y un delicioso flan. Años más tarde, residiendo ya en Zacapa, visitaría con mis amigos este hotel para gustar el mismo menú. Se originó una gran amistad con el señor Varona, que todos los años, para Navidad y Año Nuevo, participaban en la misa de diez y pasaba luego a regalarnos un hermoso robalito a monseñor Luna y a mí, acompañado de Felipe, excelente mesero que todavía trabaja como tal en el restaurante El Quijote de Zacapa.

Pasado el medio día abordamos uno camionetita que nos esperaba en Zacapa. La conducía don Miguel Alvarez, el hombre fiel que tanto aprecio y que ha acompañado a cuatro arzobispos y que desempeña el cargo de mayordomo del Palacio Arzobispal. Y principió el recorrido hacia Esquipulas a través de la polvorienta carretera. Mil y una curvas, subidas y bajadas, polvo y más polvo, hasta llegar a Chiquimula y luego la gran “trepada” para subir lo cerros de Quezaltepeque. Razón tenía el arzobispo Cortés y Larraz en el siglo XVIII al definir este camino como “áspero y fragoso”. Después de varias horas, me asombró contemplar todo el Valle de Dolores y en el lado derecho, la blanca silueta del templo que construyera el primer arzobispo de Guatemala, monseñor Pedro Pardo de Figueroa.
Una bomba voladora alertó a vecinos y peregrinos sobre la llegada del señor Arzobispo. Las campanas de la parroquia y del santuario se echaron a vuelo. Monseñor bajó de la camionetilla y se dirigió a la entrada principal del santuario. Subió al camarín y se quedó varios minutos en oración ante el Santo Cristo. Pasamos luego al “convento” y después de un buen baño, Monseñor me dijo: “Bueno, Rodolfo, vaya a oír confesiones”. Caía la tarde. Habían ya llegado los alumnos del Colegio San Sebastián, acólitos y coro. El templo estaba abarrotado de peregrinos. Me ubiqué en una silla en la Capilla del Santísimo y cumplí mi misión. Casi a medianoche, Monseñor fue a buscarme y me pidió que comiera y descansara algo. Volví a la silla y, no sin asombro, amaneció el 15 de enero y las filas de penitentes no disminuían. Sólo los capellanes y confesores de la Basílica comprenden en plenitud lo que significa Esquipulas en su aspecto espiritual: es un centro de renovación y de gracia. Fue ésa la gran lección que aprendí en esta primera peregrinación.
Llegó la hora de la Misa Pontifical. Monseñor presidía la Misa Solemne revestido de los ornamentos pontificales. El Coro del Colegio San Sebastián interpretó una de las Misas de Perosi. Al finalizar la celebración tuvo lugar una procesión con el Santísimo que recorrió los atrios del santuario. El padre Eduardo López Monge, benemérito sacerdote desde 1940, nos sirvió un excelente almuerzo. Para los alumnos batanecos había matado un “coche”.





